
Mi decidida y cada vez más rápida degradación en la escala social del transporte me llevó, junto con el tráfico insoportable del pasado diciembre, a redescubrir el universo del micro. Admito que hubo un poco de nostalgia en mi retorno a las rutas del viejo Retablo-Santa Cruz. Siguen siendo los mismos viejos destartalados vehículos que solía tomar en mis tiempos de escolar, presumo que más contaminantes y definitivamente más ruidosos, al punto que en algunas unidades hablar por el celular es una tarea casi imposible. El ruido de los fierros es tan fuerte que uno diría que están a punto de desarmarse. Digamos también, para ser honestos, que es una línea zanahoria en la comunidad salvaje de los micros: rara vez encuentras gente viajando de pie, los cobradores están uniformados y cada cierto tiempo se sube un supervisor que te pide religiosamente el boleto para hacerle un pequeño corte. Transportistas sentimentales con comodidades y modales casi europeos si se comparan con los infiernos sobre ruedas, latas de conserva humana, que veo de vez pasar por la avenida Abancay. Y pagar un sol por ir al trabajo francamente se ha revelado como un placer culposo. Regresar, ya por la noche, es otro cantar. Todavía no me animo, pero falta poco.
Mucho más desagradable que el viaje sobre ruedas es la caminata que me toca pegar para llegar al trabajo desde el paradero donde me deja el amable microbús. Varias cuadras de una avenida que apesta a pollo frito en la que sueles tomarte con toda clase de desechos humanos: desde lagunas de pichi y montañitas de mierda hasta mendigos y pirañitas. Harta basura biodegradable y también de la otra. La calle paralela es una opción menos hardcore pero un poco más larga. Allí los que te acosan son los cambistas y decenas de mujeres que tratan de convencerme de que cambie la montura de mis lentes. Algún día lo lograrán. Ya no me cierro a ninguna posibilidad desde que accedí a pagar más de 40 soles por un corte de pelo. Para compensar me toca tomar micro más o menos seguido durante este verano. He descubierto que no me disgusta tanto la idea. Ir cuesta abajo tiene la ventaja de no demandar mayores esfuerzos.